En medio de la colonia García Ginerés, detrás de los muros del Convento Villa María, se esconde uno de los secretos mejor guardados de Mérida: un cenote subterráneo que respira historia, naturaleza y espiritualidad. Custodiado por las Hermanas Misioneras de María Inmaculada, este ojo de agua no es solo una maravilla natural, sino un refugio donde el tiempo parece detenerse.
Quien ha tenido la fortuna de cruzar sus puertas sabe que la experiencia empieza mucho antes de bajar al cenote. Las hermanas reciben a los visitantes con una sonrisa amplia y una bienvenida que se siente como llegar a casa. El entorno, fresco y limpio, está rodeado de árboles que protegen la quinta construida por la familia Cámara en 1899. El acceso es restringido, pero las religiosas, con su trato amable, siempre han mostrado apertura para permitir visitas, ya sea a la casa o al cenote.

En mi visita, la hermana Irma me llevó varias veces hasta la boca de la caverna. El descenso, seguro gracias a sus escaleras y barandales, lleva a un espacio húmedo y sereno donde el agua fría parece abrazar el silencio. No hay leyendas oscuras ni historias de espantos; a diferencia de otros templos con cuentos de ánimas y aparecidos, aquí reina la calma. Las hermanas me contaron que incluso han bajado de noche, y siempre han encontrado paz. Villa María vive en el centro de nuestra Mérida como un guardián silencioso, protegido por sus grandes árboles y por las manos dedicadas de quienes lo cuidan.




