Ni la Cenicienta pudo soñar con un carruaje tan lleno de magia, porque aquí no se trató de lujo ni de fantasía, sino del amor de un padre yucateco preparando con sus propias manos el vehículo que llevaría a su hija al altar. En Yucatán, estas escenas no necesitan escenario de cuento: suceden en cada pueblo, en cada comunidad donde el amor de los padres se viste de fe y tradición para acompañar a sus hijos en los momentos más importantes de la vida.
Este gesto sencillo, pero cargado de sentimiento, refleja lo que somos como pueblo: familias que saben despedir a los hijos con lágrimas en los ojos, pero también con la certeza de que nunca se dejan atrás los lazos que nos unen. Porque en Yucatán, la familia se comunica con actos de amor: desde el abrazo callado de la madre hasta el carruaje improvisado de un padre orgulloso. Es nuestra manera de decir que, pase lo que pase, el corazón yucateco siempre camina junto a los suyos




