La serpiente mordió a la gallina, y con el veneno ardiendo en sus venas buscó el calor de su gallinero, la casa que debía darle cobijo. Pero las demás, temerosas de morir, la rechazaron.
La gallina salió herida, arrastrando el ala, y descubrió que la soledad duele más que cualquier veneno.
El tiempo pasó, y un colibrí llegó con un susurro:
—Tu hermana vive, aunque perdió una pierna y el hambre la consume.
Pero las gallinas callaron y, una a una, se excusaron:
“Estoy poniendo huevos”.
“Necesito maíz”.
“Mis polluelos me esperan”.
El colibrí se marchó solo.
Pasaron más soles, y al volver trajo un último mensaje:
—Tu hermana ha muerto. Murió sola.
El gallinero entero quedó en silencio. El maíz perdió sabor, los huevos perdieron brillo, los polluelos quedaron en segundo plano. El arrepentimiento mordía más fuerte que la serpiente.
Corrieron tarde, demasiado tarde. En la cueva solo encontraron una carta, escrita con lágrimas secas:
“En vida pocos cruzan un paso para ayudarte,
en la muerte cruzan montañas para llorarte.
Y la mayoría de las lágrimas en los funerales
no nacen del dolor, sino del arrepentimiento”.



