En pleno centro de Valladolid, rodeado por las calles 36, 37 y 39, se encuentra uno de los cuerpos de agua más emblemáticos de Yucatán: el Cenote Zací. Este majestuoso cenote semiabierto, con más de 40 metros de profundidad y un diámetro de 45, ha sido testigo de siglos de historia, desde que los antiguos mayas lo utilizaban como fuente vital de agua hasta convertirse hoy en un atractivo natural y cultural. Su belleza se complementa con la flora y fauna que lo rodea, además de las impresionantes estalactitas que cuelgan de su techo parcialmente colapsado, brindando un espectáculo natural único en la región.
Pero el Zací no solo es un lugar de asombro natural, también guarda en sus aguas una de las leyendas más conmovedoras de la tradición maya. Se cuenta que Zak-Nicté, nieta de una poderosa hechicera, y Hul-kin, hijo del Halach Huinic de los Cupules, vivieron un amor imposible marcado por la traición y el dolor. Cuando Zak-Nicté se lanzó al cenote tras enterarse de que su amado se casaría con otra, Hul-kin regresó y, devastado por su pérdida, decidió arrojarse también a las profundidades para reunirse con ella. Desde entonces, se dice que el cenote está marcado por esta historia de amor trágico y que, como parte de la maldición lanzada por la hechicera, reclama la vida de algún joven en memoria de los amantes.
El Cenote Zací es, por lo tanto, mucho más que un atractivo turístico: es un recordatorio de la profunda conexión entre la naturaleza, la historia y la espiritualidad del pueblo maya, un espejo de agua que sigue guardando secretos, leyendas y la esencia de nuestra identidad yucateca.



