Dicen que Pepillín partió hace ya 25 años, pero quienes fuimos niños en esos tiempos sabemos que eso no es verdad. Pepillín vive en nuestras memorias, en esas tardes de carcajadas frente a la tele, en las fiestas donde todos soñábamos con tenerlo haciéndonos reír, en los juegos inocentes que compartía con Jorgito y con el querido Chel de Kanasín. Era más que un payaso: era un amigo, un maestro de sonrisas, alguien que nos enseñó que hasta el peor día podía cambiar con un chiste, una canción o una mirada llena de ternura.
Muchos lo recuerdan como ventrílocuo, otros como cantante o pintor, pero todos coincidimos en que Pepillín era un artista completo. No había límites para su creatividad ni para su entrega. Cuando tomaba el micrófono o daba vida a sus muñecos, nos hacía creer que la magia era real y que la felicidad estaba al alcance de cualquiera. Con su estilo muy yucateco, sencillo y lleno de picardía noble, nos mostró que reír era una forma de vivir mejor, de aprender y de crecer con el corazón limpio.
Hoy, los niños de ayer, ya adultos, seguimos evocando sus tardes de “Tardecitas Yucatecas” y sus ocurrencias que nos hacían soñar con mundos distintos. Aún esperamos, en lo profundo de nuestra nostalgia, volver a escuchar la voz de Jorgito o ver al Chel con su peinado de “mango chupado”. Porque Pepillín no se ha ido: camina con nosotros en cada recuerdo, en cada anécdota compartida y en cada risa que aún provoca su nombre. Gracias, Pepillín, por habernos regalado el mayor de los tesoros: la infancia feliz de toda una generación yucateca.



