En el corazón de muchos hogares yucatecos hay una canción, una risa y un recuerdo que lleva el nombre de Morita. Con más de 40 años de trayectoria, Mora Ivette Ruiz Hagar ha hecho del arte infantil su vocación más pura. No solo canta: educa, entretiene y abraza con su presencia a generaciones completas que crecieron viéndola y escuchándola, ya sea en Guan Ken Pon, en De Do Pin Gue o en los eventos dominicales del centro de Mérida.
Morita es luz para la infancia. Con su voz alegre y su amor natural por los niños, ha construido un espacio lleno de juegos, canciones, magia y enseñanzas. Para muchos, es la Tatiana yucateca; para otros, la Chabelo del Mayab. Pero más allá de comparaciones, Morita es única: cercana, auténtica, alegre… una mujer que eligió hacer del arte infantil una misión de vida. Su bronceado, sus colores vibrantes y su energía incansable no son parte de un personaje: son reflejo de una vida vivida con amor, bajo los reflectores… y al mismo tiempo, muy cerquita del corazón de su pueblo.



