En una pequeña comunidad de Quintana Roo, rodeada de casas de palma y caminos de tierra, vivía Juanito, un niño de siete años, flaco, vivaz y curioso. Su hogar era sencillo: paredes de bajareque, techo de huano, una albarrada de piedra que marcaba el solar… y, más allá, el monte profundo, verde y lleno de misterio.
Desde pequeño, Juanito decía que, junto a la albarrada, siempre veía algo extraño. Primero aseguraba que era un gallo de plumas rojas y cresta brillante, que lo miraba sin moverse aunque él intentara espantarlo. Con el tiempo, su relato cambió: —Ya no es un gallo… ahora es un viejito chiquito— contaba. Lo describía vestido de blanco, con sombrero de palma y una barba tan larga que le tocaba el pecho. Siempre sentado sobre la albarrada, con las piernas colgando, como esperando…
Sus padres, don Jacinto y doña Silvana, pensaban que eran imaginaciones de niño. Pero un día, Juanito desapareció. Lo buscaron por todo el pueblo y en los senderos del monte, sin rastro. Desesperados, acudieron a don Melchor, el hmen de la comunidad, quien, al escuchar la historia, habló con voz grave:
—Ese viejito es el Señor del Monte… y se lo llevó.
El curandero explicó que se trataba de un espíritu guardián de la naturaleza, que a veces se lleva a los niños que le llaman la atención. Para traerlo de vuelta, debían llevar una ofrenda al sitio donde Juanito lo había visto: maíz nuevo, atole, un pavo, agua fresca, velas y una bebida fuerte. Repitieron el ritual trece días seguidos.
La última noche, cuando las velas casi se apagaban, Juanito regresó caminando desde el monte. Su ropa estaba limpia, no tenía rasguños y decía no recordar nada, como si hubiera estado dormido. Pero desde entonces, algo en él cambió: comenzó a soñar cosas que después sucedían. Accidentes, enfermedades, alegrías… todo lo veía antes de que pasara.
Con los años, Juanito creció, formó una familia y nunca perdió ese don. Algunos lo respetaban, otros lo temían, pero todos sabían que había pasado trece días en un lugar del que pocos regresan. Hoy, la comunidad es una ciudad, pero quienes pasan por esa esquina juran escuchar el canto de un gallo oculto en el monte… aunque no haya ninguno a la vista.



