En los pueblos mayas se cuenta una historia que todavía eriza la piel cuando se narra en las cocinas y bajo las ceibas. Había una vez un campesino de Huhí que amaba la cacería más que nada. Todos los días iba al monte con su escopeta, convencido de que si veía un venado en su camino, sería su presa.
Ni en los días de finados descansaba. Mientras los demás respetaban aquellos noj k’iin —días santos en los que, según la tradición, las ánimas caminan entre nosotros—, él se adentraba en el monte buscando venados. Una tarde, junto a un gran árbol de pak’alche’, vio aparecer una hermosa venada. Disparó y la llevó a casa para aprovechar su carne y colgar su piel a secar en la pared de tierra roja.
Pero al amanecer, en lugar de la piel, lo que apareció fue un hermoso huipil de mestiza, el mismo con el que había sido enterrada su madre hacía menos de un año. Al reconocerlo, brotaron sus lágrimas: había cazado el ánima de su propia madre. Desde ese día, nunca más volvió a tomar la escopeta.
En las comunidades mayas se recuerda este relato como advertencia: durante los días de finados, no se trabaja el monte ni se sale de cacería, porque entre los senderos y los árboles no solo caminan los venados, también lo hacen las ánimas.



